Red de colaboradores

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Si además os interesa compartir reflexiones sobre cómo mejorar nuestras emociones en la pestaña RED hay una propuesta interesante a la que os podéis sumar.

lunes, 21 de marzo de 2011

La frustración en el deporte

La práctica regular de actividades deportivas resulta beneficiosa para el individuo. Mens sana in corpore sano. Esta evidencia ha generado una cultura de la actividad física que se ha instalado entre nosotros y ha llevado a muchas personas a practicar algún deporte desde una perspectiva de salud y ocio. Este movimiento a favor de la salud para todos a través del deporte ha posibilitado que muchas personas, después de una satisfactoria experiencia deportiva, se aficionan y conformen un grupo más o menos nuevo: los deportistas populares.


Hecha la introducción, el post de hoy está relacionado con la frustración y la práctica de deporte popular. Los más alejados del universo deportivo tal vez se sorprendan por la asociación de ambos conceptos. ¿Cómo se va a frustrar quien no se dedica profesionalmente al deporte? Pues son numerosos los ejemplos que el otro día me comentaba Alberto Montero extraídos de la observación en su trabajo diario de entrenador personal.

Nos frustramos cuando no conseguimos una meta o cuando el esfuerzo por lograrla nos resulta más duro de lo previsto, nos frustramos cuando nuestros deseos no se cumplen, cuando nos encontramos con obstáculos importantes en el camino, cuando otros nos impiden o nos dificultan su consecución. El problema con la frustración no es tanto sentirla sino gestionarla de manera adecuada. Es evidente que en la vida son numerosas las ocasiones en que nuestras intenciones no se ven culminadas por el éxito, la derrota o la pérdida forma parte del juego de vivir.

Dado que uno de los factores que intervienen en el origen de la frustración son nuestras propias expectativas es fundamental que éstas estén bien ajustadas a la realidad. En el deporte el papel del entrenador en este aspecto resulta fundamental. Otra de las cuestiones que adquiere sentido en este contexto deportivo es la de la relativización de las metas. Si el objeto de la actividad deportiva es el disfrute y/o el mantenimiento de un mejor estado de forma física, este debe de ser el principal indicador de valoración de la actividad. Todos conocemos personas que, equivocadamente, centran el éxito en la realización de tal o cual gesta, o la consecución de una determinada marca en una prueba popular. Ser honesto con uno mismo es fundamental para la gestión de la frustración. Si me planteo completar un maratón sin haberme preparado adecuadamente, no solo estaré corriendo ciertos riesgos para mi propia salud, sino que posiblemente mi objetivo real esté más cerca de la búsqueda una experiencia que me haga sentir héroe por un día.

Otro tipo de frustraciones vienen dadas por la interrupción de los entrenamientos o de la práctica deportiva habitual por una lesión. En este caso hay un obstáculo evidente, físico, que genera este sentimiento de manera bien justificada. En esta misma línea incluiría la experiencia de pasar del éxito deportivo a la normalidad del deportista popular, de la fama al anonimato y otro tipo de situaciones a las que deben enfrentarse tarde o temprano los deportistas profesionales.

La frustración, como emoción, nos aporta una información sobre el resultado de nuestra experiencia (deportiva en este caso). El signo de la vivencia de la misma dependerá de la gestión que hagamos de ella. La frustración puede abocar al fracaso, al desánimo, a la amargura. Pero también es en muchas ocasiones fuente de energía para el mejor conocimiento de nosotros mismos que nos conduzca al éxito. En este contexto no puede evitar recordar la reciente entrevista en la que Eduardo Punset explicaba cómo se nos olvidan las cosas que nos hacen felices.

viernes, 18 de marzo de 2011

El miedo, el dilema sobre si huir o enfrentarse.

El miércoles pasado disfruté de una interesante sesión de reflexión sobre el miedo con un numeroso e interesado grupo de adultos. Sirva pues este post como resumen y colofón de la misma.

Si pensamos en un sentimiento de ansiedad y/o inseguridad, causado por la presencia o por la anticipación de un estímulo que puede generar gran daño, y que te lleva a desear evitarlo, nos encontramos con el miedo, el temor, el pavor, el pánico, el terror. Pero ese estímulo puede estar en el mismo punto espacio-temporal que el individuo, o puede ser un riesgo potencial más o menos probable.

Más allá de lo que es, o de cómo se define, el miedo nos sitúa ante la tesitura de reaccionar ante un elemento potencialmente peligroso que se encuentra en nuestro entorno. El miedo nos avisa, nos alerta, prepara a nuestro organismo para la huida o para la utilización de una energía extra con la que enfrentarnos con la situación amenazante. Si existe la opción de elegir, que la vida no siempre lo permite, el miedo nos facilita la evitación como respuesta. Pero además de una parte física, fisiológica, el miedo tiene componente mentales o cognitivos. Esto implica que podemos emitir conductas de evitación activadas por pensamientos que contienen la anticipación de peligros que pueden estar creados por nosotros mismos. Más allá de esto la misma inseguridad, la incertidumbre sobre lo que aun no ha sucedido puede activar respuestas de huida ante posibles hechos potencialmente peligrosos o desagradables que se nos vayan a presentar.

Se nos plantea, pues, el dilema de cómo encajar las amenazas, hasta qué punto observar la llamada del temor, de la inseguridad ante lo nuevo o lo desconocido. En un post anterior sobre emociones y límites se reflexionaba sobre la utilidad de enfrentar la exploración de ciertas áreas desconocidas de nuestro entorno para avanzar. El miedo nos defiende, nos hace adoptar actitudes conservadoras puesto que en ellas nos hemos jugado la supervivencia como especie. Pero a la vez si no hubiesemos sido capaces de enfrentar, de morir para defender la prole o para obtener alimento, nuestra especie se hubiese extinguido hace millones de años.

Las reacciones fisiológicas relacionadas con el pánico, la fobia o el terror llegan a extremos verdaderamente espectaculares. Pero no todos los seres humanos tenemos ese tipo de experiencias en la vida, hay personas que nunca llegan a experimentar esos niveles de intensidad del miedo. Por eso manejarse con el temor, la inseguridad o el miedo tiene bastante que ver con la utilidad de asumir riesgos, con la aceptación de que esas situaciones de peligro forman parte de la vida que nos ha tocado vivir, tiene que ver con la actitud de responsabilidad con respecto del conocimiento que tenemos de las posibilidades reales de que esas amenzas nos afecten, así como del coste que tiene evitar ciertas parcelas de la vida por no toparnos con un peligro.

lunes, 7 de marzo de 2011

Paradojas emocionales

La observación de hechos curiosos resulta tremendamente útil para generar reflexión con la que intentar explicarlos. Hace tiempo que llama mi atención la convivencia en el mismo instante y en el mismo individuo de emociones que parecen contrapuestas o contradictorias, lo que serían las paradojas emocionales.

Llorar de tristeza y reir a la vez, sentirse satisfecho por un acto y a la vez avergonzado, estar identificado y sentir desagrado por ello, estar enamorado y sentir deseo por otra persona, etc. Hay múltiples ejemplos de situaciones de la vida en la que nuestras emociones nos expresan vinculaciones contradictorias en el mismo contexto. Desde luego entiendo que es un asunto sobre el que profundizar mucho más pero sobre el que hoy dejaré algunas ideas:

  • Las paradojas indican la complejidad de nuestro mundo emocional en el interactuan permanentemente nuestras diferentes facetas, nuestros intereses, nuestras experiencias, nuestras relaciones personales. Posiblemente la influencia de nuestro raciocinio nos lleva a desear coherencia y sentido en nuestra vida, pero precisamente ésta es conflicto, azar, sinsentido, injusticia. Es el propio individuo quien debe desenmarañar, en la medida que pueda, esa complejidad dando sentido a su realidad.
  • El individuo es un sistema que interactua con el contexto del que él mismo es parte. Solo el análisis de cada situación puede aportarnos información fiable sobre la función de hechos, emociones y pensamientos de la persona. En este sentido el análisis funcional de la conducta me parece una herramienta fundamental.
  • La gestión de las emociones resulta otra herramienta imprescindible para orientarse en la red de interacciones entre el individuo y cada situación que vive. Es evidente que todas las personas se ven inmersas en la necesidad de manejarse con ellas para enfrentar cada día. Pero la correcta identificación y ponderación de las mismas resulta un ejercicio imprescindible para disfrutar de una satisfactoria vida emocional.
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