Red de colaboradores

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Si además os interesa compartir reflexiones sobre cómo mejorar nuestras emociones en la pestaña RED hay una propuesta interesante a la que os podéis sumar.

viernes, 27 de mayo de 2011

La magia de la empatía emocional

El Miércoles pasado cerramos el curso "El lenguaje de los sentimientos. Entrenamiento emocional" que he impartido durante 10 sesiones dentro del programa de Graduado en Cultura y Solidaridad de la Universidad de Deusto. Lo que hicimos en la última sesión resultó mágico.
 
Invité a algunos colaboradores de la "Red" a compartir alguna experiencia emocional personal con el grupo. Tres se prestaron a desnudarse emocionalmente de forma desinteresada, para poder realizar una acción didáctica. ¿Qué sucedió de mágico? Pues que gente que no se conoce de nada y termina enlazándose por emociones compartidas. Muchos alumnos se vieron como la madre de Nadia, o como una Sonia en crisis, hubo también quien se había tenido que enfrentar a accidentes como los de Goio. Algún alumno me decía que tener las emociones tan cerca, haber podido tocarlas era muy potente, muy intenso. Creo que no son dejamos tocar emocionalmente, no dejamos que nos toquen y no tocamos, no prestamos tiempo a ello y así nos va. La insensibilidad tiene más que ver con la falta de hábito de escucha, de encuentro con las emociones (propias y ajenas) que con cualquier otra cosa. Es verdad que hombres y mujeres no sentimos por las mismas cosas y de la misma manera, pero insisto: LAS EMOCIONES NOS IGUALAN, nos conectan.
 
Como conductor, como profesor el papel es más de arquitecto o de diseñador de rutas que posibiliten que ese contacto entre emociones sea positivo, lo demás fluye. Hay que andar con cuidado porque las emociones son material delicado, pero por ello no hay que renunciar a ese viaje. Gracias a todos los que se han prestado a hacerlo y a los colaboradores por su valentía y generosidad.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Me aburro, ¿qué puedo hacer?

Hace unas semanas me explicaba mi hijo adolescente que había estado con sus amigos y que se había vuelto a casa antes de tiempo porque se había aburrido. Le prometí en ese momento escribir un post sobre el aburrimiento. La verdad es que siempre me ha inquietado mucho ese sentimiento porque me parece francamente negativo. Lo mejor que se me ocurre del aburrimiento es que, como señal emocional de alarma, suele ir acompañado de una necesidad de combatirlo.


Me aburro cuando la actividad que realizo me resulta poco estimulante. Esto puede ser hacer una actividad mecánica o si cuando mi conducta no está relacionada con una elección vinculada a una necesidad o a un interés personal. Por lo tanto el aburrimiento pone de manifiesto lo que no nos activa mental y emocionalmente, así como lo que no nos motiva ni interesa.


La dinámica circular del aburrimientoEl aburrimiento también interactúa con la pereza, puesto que inactividad y el aburrimiento forman parte de una misma dinámica. Si decido no hacer, ésto limita los estímulos con los que voy a tropezar y lógicamente aumentará la posibilidad de que me aburra. El círculo del proceso del aburrimiento se cierra con la dificultad de tomar una nueva iniciativa que rompa con él. Sencillamente cambiar de actividad, pensar en otras nuevas cosas que hacer sería el camino de salida, pero cuando una persona está invadida por el aburrimiento esto resulta especialmente complejo. Un esquema del funcionamiento del aburrimiento podría componerse de una acción derivada de una primera toma de decisión, la aparición del aburrimiento como efecto de la acción, la difilcultad de reacción, así como la presencia de pensamientos circulares sobre lo aburrido de la situación.

Aburrirse ayuda a desactivar la actividad. Si me aburro no suelo tener ganas de hacer nada, incluso puedo interpretar el tedio como cansancio. Aburrido todo parece costar más esfuerzo y, por lo tanto, es una emoción que invita a no hacer y así genera entornos de aburrimiento por la falta de estimulación interesante.


El aburrimiento forma parte de la vida, pero la vida no es nada aburrida.

Hay ocasiones en las que es complejo salir de una situación aburrida puesto que forma parte de muchas rutinas de nuestras vidas. Tenemos que acometer muchas tareas a lo largo de la vida que no resultan "estimulantes" y de las que no podemos (ni debemos) zafarnos. También existen estrategias personales que buscan la constante estimulación y huyen del aburrimiento con el objeto de mantenerse en un estado de pseudoeuforia gratificante. En realidad no solo tenemos que realizar una gestión eficaz y realista de nuestro aburrimiento, sino que es conveniente aprender a convivir con él como elemento integrante de nuestro  mundo emocional.

Más allá del mero análisis del aburrimiento como emoción quedaría apostillar una reflexión sobre la necesidad de estimularse, de explorar para obtener un crecimiento personal. Lo que más me molesta del aburrimiento es la vinculación que mantiene con la apatía, con la pereza, con la pasividad, con no tener la conciencia de la importancia de aprovechar el paso del tiempo. También es cierto que esta inquietud de la que hablo, esta necesidad de avance personal tiene que ver con la motivación y con cierto grado mínimo de confianza en las propias capacidades.

Nos aburrimos todos pero solo los más inquietos consiguen disfrutar del tiempo de vida. Vivir sin dejar que el tiempo pase, sin consumirse con su lento transitar, implica buscar lo que de estimulante haya en cada momento en nuestro entorno, significa esforzarse por estar activos.

Cuando mi hijo lea esto y vuelva a aburrirse espero que haya entendido que lo que haga a partir de ese momento no solo va a influir en ese estado puntual, sino en su capacidad de disfrute de la vida con mayúsculas.

martes, 10 de mayo de 2011

Indignarse si, y luego?

Rondan últimamente artículos y reflexiones varias sobre la indignación que parecen haberla puesto de moda o, al menos, han servido para traerla a un cierto primer plano. Casi todos los ángulos desde los que he observado su tratamiento parecen reivindicar la necesidad de propiciar una recuperación de esa emoción como elemento necesario para el avance social. De todas ellas ennumeraré alguna para contextualizar mi reflexión.

Por una parte, y posiblemente el principal detonante de toda esta ola, está la publicación del libro “Indignaos” escrito por el francés Stephan Hessel y prologado en la edición en castellano por Jose Luis Sampedro. Es una obra de lectura rápida en la que el autor, un hombre de más de noventa años ponente de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, explica las razones por las que a su entender debemos sentirnos así en el mundo que vivimos hoy en día. También Arturo Pérez Reverte en sus artículos semanales a menudo me hace encontrarme con su gris certeza de cómo ciertos sinsentidos han terminado por adoptar el norte geográfico de las preocupaciones sociales de nuestro país. Otro elemento que también me hizo profundizar en esta inquietud sobre la indignación, fue el artículo del diario "Público" titulado "¿Porque no se produce un estallido social?". En este caso la celebración del primero de mayo en nuestro país sirve de contexto para reflexionar sobre las posibles causas que justifican la paradoja de que con casi 5 millones de parados haya tales niveles de desmovilización social. Por último no me resisto a mencionar otra perla publicada hace ya unos meses y firmada por Koldo Sarachaga en el Diario Vasco. Un artículo lleno de provocación titulado "Despierta sociedad!" cuya lectura recomiendo.  

Desde el punto de vista emocional, la indignación es un sentimiento de reacción ante la injusticia. Resulta, pues, un indicador sobre la concepción del individuo en relación con la organización social y el juego de equilibrios y desequilibrios que la definen. Cuando observamos o somos conocedores de una situación que valoramos de injusta hay una emoción de contrariedad, de incomodidad, de rechazo de la misma y de las conductas que la han generado. De hecho la indignación aparece, o bien a la vez, o bien a posteriori de la injusticia.

Como toda emoción la indignación nos indica cómo un estímulo, en este caso externo, afecta a una parte de nosotros mismos. Nos vemos tocados, nos vemos afectados por situaciones que nos parecen particularmente sangrantes, dolientes, con las que nos encontramos vinculados o sensibilizados. Por lo que ese sentimiento pone de manifiesto hasta donde alcanza la afección individual ante problemas que no son exclusivamente propios, o mejor dicho cómo hacemos nuestros aquellos problemas que no solo nos afectan directamente a nosotros. La conciencia sobre lo que es justo o sobre lo que no lo es interactúa de manera directa con la indignación. Podemos pensar que tal o cual hecho es injusto pero ésto no necesariamente nos indigna. Podemos percibir la injusticia como un pensamiento que sirve para describir la realidad. La indignación, en cambio, provoca una reacción emocional ante lo injusto, va mucho más allá puesto que predispone al individuo a actuar en contra de lo que lo ha provocado.

Ante la indignación hay varias dilemas, como en la  gestión de cualquier otra emoción (ya lo veíamos en el post sobre el miedo).  La incapacidad de verse afectado por la indignación, la excesiva sensibilidad ante situaciones que generen ese sentimiento o la aceptación de las causas que generan situaciones de injusticia son algunas de los problemas asociados a esta emoción. Veamos algunas claves:

Ignorar la injusticia.

La concepción sobre justicia es un primer factor muy interesante sobre el que pararse para entender la indignación, o la falta de la misma. Si no prestamos atención al dolor ajeno, si ignoramos los daños producidos intencionalmente, si justificamos los comportamientos intencionalmente violentos, si hay comprensión hacia lo injusto, o si se observa como natural, no habrá indignación. Si entendemos que el mundo funciona bajo los parámetros de la ley de la selva, del "sálvese quien pueda", aceptaremos con normalidad que la injusticia es el precio que hay que pagar, que se trata de algo normal e inherente a nuestro mundo. Situarse moral y cognitivamente en un punto cercano a estas posiciones desactiva nuestra posibilidad de indignarnos. Sin percepción ni conciencia de injusticia no puede haber indignación.

Aceptación de la indefensión.

Otro factor que desactiva la indignación es el de la indefensión aprendida. En la medida que hemos perdido la esperanza de influir en las causas que generan la injusticia que nos indigna, ésta queda huérfana y se diluye. Otras emociones con importantes componentes fisiológicos, como por ejemplo el amor, llevan al individuo a emprender una serie de acciones de dudosa utilidad pero que son fuertemente impulsadas por esa emoción. Cuando uno está enamorado pero observa que no es correspondido estamos en un caso parecido al de quien se indigna pero no consigue reconducir la situación de injusticia que le provoca. Vivimos en una sociedad que gasta muchos esfuerzos en repetirnos que no vale de nada que luchemos por los demás y esto, junto con una experiencia personal de frustración, genera la indefensión que inhibe la indignación.
 
Vincularse y movilizarse.

La empatía, el conocimiento mutuo y la relación son factores que ayudan a la indignación. Cuando creo lazos, cuando me identifico, cuando "me siento parte de", trasfiero de mi en el otro. En la medida que ese lazo sea sincero, intenso y fuerte mi indignación ante la conculcación de derechos de esos "otros" será mayor. Interactuar nos hace crecer y nos humaniza, también por nuestra capacidad de reaccionar (sentir o emocionarse) ante situaciones de otros.

La indignación invita a la acción. Situaciones para indignarse son frecuentes en nuestro día a día. Si tan solo dedicamos un poco de tiempo a encontrarnos con nuestras emociones descubriremos que tanto la indignación como el enfado viven dentro de nosotros. Dejándoles que se expresen con más libertad su presencia y su intensidad irá creciendo, dedicando un tiempo a satisfacer sus demandas de acción contribuiremos a un mayor equilibrio emocional, a una mayor y más adecuada gestión de los mismos y a una progresivo rearme ético como individuos. Indignarse contribuye a crear conciencia y a actualizarla, ayuda a la conformación de ideología, a la configuración de unas creencias personales en cooperación con las ideas contenidas en el repertorio experiencial de cada individuo.


Ojala esta ola de reflexiones sobre la indignación sirva para ayudar a que reaprendamos a indignarnos y con ello a mejorar individual y colectivamente.
 
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