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miércoles, 31 de agosto de 2011

Decir adios, un post sobre despedidas.

Hace semanas que este post debería haberse publicado. Todo estaba preparado pero justo el día que iba a hacerlo Oskar se fue. Todo este tiempo he repasado lo vivido y lo escrito, me he visto obligado a aprovechar el reencuentro con lo que supone la muerte. Hoy va por ti,Oskar, y por todos los que te hemos tenido que decir adios.

Muchas veces toca despedirnos, toca hacer las maletas y marchar, o ser testigos de una partida. Es entonces cuando vivimos un adios.  Es como una ventana en la que siempre hay dos lados, dos posibles papeles: el del que se va o el de que se queda. En esta situación tan cotidiana se encierran muchas emociones que pueden llegar a tener gran intensidad, un buen motivo para cocinar un "post", ¿verdad?.

Así pues hoy la reflexión gira en torno a la necesidad de ir aprendiendo a despedirse y a consideraciones sobre el proceso de duelo.


Despedirse para volver.


Las relaciones son dinámicas y, por ello, cambiantes. Esto nos exige adaptarnos, gestionar los micro o macrocambios que vayan produciendose. Un elemento que introduce modulaciones en el contexto de una relación es el de la libertad personal. Relacionarse siendo libres exige, a veces, avanzar por el camino de manera autónoma del otro. La relación padres e hijos ofrece multiples ejemplos de este tipo de situaciones, aunque también la amistad o la pareja. En ese sentido hay despedidas que no son definitivas, sino temporales, necesarias para seguir unidos, para fortalecer el lazo. Siempre hay dolor pero si vivimos la situación con generosidad, respetando la libertad del otro, podremos superar ese malestar y disfrutar de un rico espacio de crecimiento. Hay una canción de Mikel Laboa
que me recuerda todo ésto y que, en resumen, dice algo así como que "si le cortara las alas sería mio, pero yo lo amo pájaro".  




El que se marcha y el que se queda.

Suele debatirse de manera viva qué papel resulta más difícil de entre estos dos. Creo que en una despedida la carga emocional no está tanto en la distribución de estos papeles sino en el contexto para cada persona, es decir, la significación que esa pérdida tiene para cada uno de los "protagonistas". En cualquier caso si tuviera que decantarme lo haría por aquel que tenga la capacidad de decidir sobre la situación. Habitualmente sería el que se va, aunque también puede ser el que decide que el otro se vaya. Incluso, a veces, no hay nadie que tiene la responsabilidad de la separación. Entonces es la misma vida, el azar quien decide que hay que decir adios.

El que decide tiene que asumir las consecuencias de su decisión y, en especial, el dolor causado a otra persona. El que no decide tiene como tarea aceptar la situación y esforzarse por seguir adelante aprendiendo en positivo de la experiencia vivida.

En ambos casos los recuerdos serán un buen indicador de la calidad del proceso de la despedida. En el momento que una vivencia forma parte de la decoración de nuestra memoria ya se ha producido el necesario distanciamiento vital que conlleva la aceptación de la separación. Pero no todo recuerdo es saludable. Con cada imagen, con cada sensación almacenada quedan adheridas una serie de emociones que son las que realmente ponen el color del recuerdo. Hay un proceso precioso de evolución, de trabajo personal que hace que esas emociones vinculadas a los recuerdos poco a poco vayan dejando los tonos oscuros del dolor y de la tristeza para ir adquiriendo una gama multicolor relacionada con las experiencias positivas vinculadas a esas experiencias o al mismo aprendizaje derivado de la despedida. 



Despedirse para siempre.

A veces los "adioses" son sólo "hasta luegos", pero otras veces son rupturas definitivas. Es verdad que, en ocasiones, en el momento en el que se produce la despedida, no sabemos de qué tipo será exactamente. Pero otras veces sí. Decir adios para siempre es uno de los mayores dolores a los que podemos enfrentarnos en la vida. Nos rompemos por dentro y el sufrimiento se hace intenso. Nos dolemos por la pérdida y transitamos por la senda del duelo. La pena, muchas veces desgarradora, poco a poco debemos irla reconduciendo hacia la aceptación y, con ella, a la tristeza. Es importante entender que no es necesario olvidar, más bien hay que recordar aquello que de bueno compartimos, como herencia, como regalo de lo que vivimos. Hay que entender también que la vida sigue, que siempre nos tenemos a nosotros y a nuestra vida, y que siempre hay universos que explorar. Ha habido una canción que me ha marcado en este sentido que es la historia de una persona que enloqueció por la incapacidad de decir adios. Seguro que muchos la conocereis, se trata de "En el Muelle de San Blas" del grupo Maná.




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