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domingo, 20 de septiembre de 2015

Lo que nos cuesta pedir perdón


Pedir perdón
Esta pequeña nota me la entregó mi hija Aiza junto con un pequeño trozo de chocolate. Vale, sí, se me cayó la baba a borbotones... Pero además me dejó pensativo.

Nos cuesta pedir perdón. Nos cuesta sentir el dolor de haber dañado a alguien. Sabemos decir perdón, como si fuera una mecánica obligación vinculada a la buena educación. Pero no sabemos pedir perdón mostrando nuestro dolor, intentando compensar el daño causado con o sin intención.

Vivimos en una sociedad que no siente, que no dedica tiempo a conectar la información o el pensamiento con la emoción. Y esto nos hace menos humanos, nos robotiza, nos hace no sentir lo que sucede a nuestro alrededor. Nuestra cultura entiende el gesto de pedir perdón como algo poco pragmático puesto que el dolor ya está hecho. Pero eso esconde varias consecuencias negativas. La primera es que solo el castigo compensa el dolor infringido al otro, lo cual el daño en la esfera de lo público, desvinculándolo de las relaciones entre las personas y su capacidad para resolver entre ellas los problemas antes de recurrir a la esfera pública. En este sentido la mediación está recorriendo un camino muy interesante. La segunda es la responsabilidad tanto del que daña como del que es dañado. El que daña debe ser responsable de sus actos y deudor de los mismos. El que es dañado tiene la responsabilidad de perdonar, tal vez necesite tiempo y compensación (esto depende del daño recibido) pero no debe beneficiarse del victimismo.

Pedir perdón no solo es decir perdóname, es hacer algo que trate de mostrar la sinceridad del dolor. Mi hija escribió algo que podría haberme dicho, y lo acompañó con un dulce. No pude más que abrazarla y decirle cuanto la quiero.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

El precio de la honestidad

Hoy cruzaré una línea que no me gusta atravesar.


El precio de la honestidad
Esta tarde he disfrutado de la magia de la colaboración entre personas deseosas de aprender. Esto no es nuevo, se trata de un lujo del que disfruto con cierta frecuencia. En ese contexto alguien me ha preguntado directamente por la utilidad de la formación que imparto, por la posibilidad de que fuera más un artificio publicitario a través del cual obtener clientes para los servicios de psicología que presto. Supongo que se refería a la eficacia, más que a la intención. Pero me ha puesto con la pregunta delante de mi honestidad profesional, de si predico con el ejemplo.


Vivimos tiempos en los que el dinero puede casi
todo. De hecho creo que las personas tenemos un precio. Pero sobre todo este tiempo y la cultura consumista nos lleva hacia la corrupción, que la entiendo como la falta de honestidad. Incluso creo que ser honesto requiere disponer de los recursos materiales y humanos para permitírselo, sí, creo que es el lujo de nuestro siglo.

La psicología es una ciencia, una disciplina del conocimiento neutra. Es su aplicación la que debe responder a criterios éticos. Los psicólogos somos un gremio con poca autoestima y esto no nos sitúa en un contexto en el que poder permitirnos ciertos lujos. Paradójicamente creo que lo que no podemos permitirnos es prescindir de una escrupulosa honestidad tanto humana como profesional. La verdad es que el reto se me antoja complejo, más bien titánico.

La pregunta me ha hecho volver a revisar el estado de mi honestidad profesional, enfrentarme a la incertidumbre de si mis planteamientos son todo lo útiles que creo. Con sinceridad he tenido que reconocer que no tengo muchas certezas, solo la experiencia de observar cómo y a quienes han sido útiles hasta ahora. He reconocido hasta donde llega mi saber y, por ende, qué es lo que no se. Supongo que es lo más honesto que he podido ser.

De mientras el tiempo corre, las facturas llegan, los ingresos me permiten seguir con el lujo de vivir de lo que me apasiona, mientras se pueda. Conozco mi precio, y el saldo de mi cuenta. Aun tengo suficiente para intentar ser honesto, sí, he dicho intentar. Imagino que serán otros lo que deban decir si lo consigo...
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