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domingo, 18 de diciembre de 2016

Paciencia e inteligencia emocional

Filosofía slow
Un dicho que he escuchado toda la vida afirma que la paciencia es la madre de la ciencia. Y bien es cierto que se trata de un ingrediente fundamental para el aprendizaje y la investigación, al igual que lo es también para afrontar ciertas situaciones de la vida como la convivencia, el cuidado, la educación, la negociación o cualquier otra vivencia en la que sea necesario utilizar el autocontrol emocional, competencia básica de la inteligencia emocional. En una sociedad que vive deprisa una reflexión sobre la paciencia y su relación con el mundo emocional me parecía una propuesta sugerente.

Autocontrol y paciencia

La paciencia es una característica, que en ocasiones es virtud, que permite esperar para dar la respuesta a un hecho que la demanda. Es decir, permite diferir la respuesta del presente a un momento futuro determinado por la conveniencia del sujeto que responderá. Si la inspiradora de la paciencia no es el miedo nos encontramos ante un ejercicio de autocontrol, es decir, de modulación de la respuesta en base a criterios racionales que se priorizan con respecto de los emocionales. Es, por tanto, un ejercicio de inteligencia emocional en tanto que prioriza los intereses del individuo a los de los impulsos de la emoción.

Vivir despacio, la filosofía "slow"

Mi sensación es que la hiperestimulación y la velocidad a la que vivimos en ciertas partes del mundo, vinculadas a la cultura de la eficiencia y de la producción, nos empuja a la acción impulsiva mucho más que a la reflexiva. De esta forma el estilo de vida nos conduce hacia la evitación de la frustración y del aburrimiento, y por consecuencia del autocontrol que supone diferir la respuesta, vamos, esperar... La hiperconexión digital y, con ella, las redes sociales demandan nuestra permanente atención y nos introducen en una dinámica en la que parar es perder datos, oportunidades de conexión virtual. Desde ese punto de vista merece la pena dedicar un tiempo a vivir a otra velocidad, desde la invitación de la filosofía "slow", porque nos permite relacionarnos con el tiempo de una forma menos agresiva, menos exigente, más saludable añadiría.

Educar la paciencia.

Al igual que debo reconocer que no suelo elegir sitios llenos de gente, confesaré que a veces me obligo a esperar poniéndome, por ejemplo, en la cola más larga. Educar la paciencia es practicarla hasta el punto de descubrir un cierto deleite en el universo que se abre cuando mi velocidad se acompasa a la de otros elementos de mi entorno. Recuerdo muy bien que cuando iba al monte de joven debía tener muy presente que era la montaña y sus condicionantes los que me permitirían subir o no. De la misma forma saber que podemos esperar y adaptarnos dice mucho de nuestra flexibilidad vital práctica, pero si además conseguimos disfrutar de las experiencias que se abren cuando el reloj de nuestra prisa se para habremos llegado al súmmun.

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